W.A.S.P.

11 de Junio de 2004. Sala Macumba.

Crónica cedida por Carlos Treviño(Alianza)

 

Espléndido ambiente el que se podía vivir en los aledaños de la sala, con cientos de heavies abarrotando hasta el último “bareto” de la zona, a pesar, sin duda, de los que se niegan a aceptar la existencia de un fenómeno musical y juvenil que no deja de nutrirse con nuevas generaciones de rockeros dispuestas a disfrutar de toda la energía que este rollo nos transmite. Uno no puede evitar sentirse orgulloso de formar parte de esta gran familia que formamos todos los que adoramos el metal, sobre todo, al vivir noches como esta. Antes de entrar ya conocíamos las noticias sobre recientes conciertos de W.A.S.P. en los que no se permitía fumar, ni el aire acondicionado. Esto, sumado a los conocidos precios de la sala, nos hizo perdonar la actuación de Dyecrest, aunque no nos perdimos nada porque no tocaron aduciendo problemas de sonido (¿no serían los horarios de la sala el problema?). El caso es que cuando entramos, justo comenzaban los londinenses Dragonforce. Un telonero de lujo, sin duda, pues desde la primera nota no dieron cuartel a una audiencia, que poco a poco fue entrando en el juego de seis tornados incapaces de estarse quietos ni un segundo, en perfecta sintonía con un power metal acelerado hasta extremos casi de record. Fueron 35 minutos de actuación en la que cupieron cuatro temas, tanto de su anterior cd, “Valley of the damned”, como del último, “Sonic Firestorm”. Sorprendentes los dos guitarristas, Sam Totman y Herman Li (“Hong-Kongense”), este último con una melena que le llegaba hasta las rodillas. Ambos lo hicieron fantásticamente bien, aunque hay que destacar la virtuosa labor del chino, que realizó solos de técnica impecable. Igualmente increíble el teclista, un tal Vadim Pruzhanov, capaz de tocar su teclado mientras hacía el remolino con su melena. Y es que esta fue la tónica del concierto... carreras, saltos por doquier, vueltas, cruces entre músicos... y música tocada a toda pastilla. Espectaculares y muy recomendables, para ver con un poco más de tiempo. “La banda W.A.S.P. pide al público no fumar en la sala”. Creo que hubo un concierto de Steve Vai en el que se prohibía fumar y el uso de móviles, en la Riviera, pero no deja de ser sorprendente que a la tribu rockera se le prohíba fumar en un concierto. Por supuesto, ni que decir tiene, la mayoría de la gente fumadora (si no todos), fumó. Nos temíamos lo peor, tras saber de los problemas de voz de Blackie, así como de la corta duración de su concierto de Barna, pero la expectación era tal que cuando subieron al escenario ese pedazo de pié de micro, centro neurálgico del espectáculo, la gente aplaudía y gritaba como si el concierto ya hubiera empezado. Sin embargo esto no sucedió hasta las 22:05, en ese instante se apagan las luces, y comienza a sonar la intro “Overture” de su flamante nuevo disco “The Neon God: Part.1- The Rise”. Sonó completa y grabada, para frustración de los desesperados por ver a Blackie sobre las tablas. Por fin sucedió con una medley deliciosa en la que entraron, enlazadas, “On your knees”, “Inside the electric circus”, “Hellion” y “Murders in the new morgue”. La voz de Mr. Lawless sonaba sin fisuras, en su linea, y la banda que le acompañaba era de un nivel altísimo. Continuaron cayendo clásicos como “L.O.V.E. machine” y “Animal (fuck like a beast)” ante la entrega absoluta de una audiencia que se notaba satisfecha de lo que veía y oía. Otro clásico más, “Wild child” sirvió para que servidor, a parte de dejarse la garganta gritando, se preguntara si cantarían alguna del último disco. Y por fín esto sucedió a continuación, tras una charla de esas que sobran, por parte del lunático frontman. Sonaron dos temas consecutivos del nuevo. La preciosa balada “What I'll never find” sirvió para que tomáramos conciencia del extraordinario nivel del guitarrista Darrell Roberts. Este chavalote, que ya había conquistado el corazón de las féminas metálicas, con su imagen a lo Sebastian Bach, se ganó el de todos con un solo que nos puso la carne de gallina. Blackie y Mike Duda (bajista) salieron del escenario para que el niño se luciera, y valla si lo hizo. A su vuelta interpretaron “Sister Sadie (and the black habits)”, el mejor tema de su reciente trabajo. El pié de micro consistía en una columna vertebral coronada por una calavera de cuya nuca parecía nacer el micro. De los lados de la calavera salían unos huesudos brazos que ascendían hasta un manillar de moto, con unas cadenas colgando, y unos apoya-piés a la altura de las rodillas del cantante. Además, este pié se halla sujeto a una tarima mediante un sistema elástico que permite volcarlo y soltarlo para que, tras oscilar a su libre albedrío, recupere la verticalidad. Hasta este instante, este juego de colgarse de los manillares y soltar, había sido más o menos habitual, y esto ya era espectacular. Pero eso no fue nada cuando, durante “My torture eyes”, Blackie escala literalmente el artefacto, para acabar casi de pié sobre los manillares de la moto, casi rozando las luces de la sala con sus manos, para sorpresa del personal que, sinceramente, temía por la integridad física del show-man. En el momento más psicodélico del tema, con las luces que resaltan los colores fosforescentes, comenzó a untarse los brazos y la cara con una pintura verde que le daba un aspecto realmente terrorífico. Y de este modo, inició un balanceo que le llevaba a volcarse sobre las primeras filas, para volver hacia atrás. Cabe destacar el espléndido estado de forma de Blackie, que se subía y se bajaba al invento con una habilidad insospechada en él para los que habíamos visto algunos videos de él, más o menos recientes, en los que estaba para pocos trotes. Volvimos a los clásicos para que sonaran “The real me” y “I wanna be somebody”, con la que se despidieron. El primer tema del bis nos dejó de piedra. Fue un medley acústico, extraordinariamente interpretado por un Blackie al que se veía disfrutar con el acalorado público (os recuerdo que no había aire acondicionado). Sonaron temas del “Crimson Idol” como “Titanic overture”, “The idol”, “The gipsy meets the boy” y el legendario y maravilloso himno “Sleeping in the fire”,que Blackie, sencillamente, bordó. Ya con el resto de su espléndida banda, se despidió con la rocanrolera “Blind in Texas”, que pensamos que transformaría en “Blind in Madrid”, aunque no fue así. Extraordinario concierto de un mito vivo del Rock que, pese a quién pese, está fantástico, ó al menos así le vimos en Macumba.

Carlos Treviño Cobo (Alianza)